De tamaño avasallante camina las calles, bigote y nariz casi de dibujo animado, los mira desde arriba deseoso de ser un poco más como el resto. El resto, lo mira desde abajo y comenta su enormidad.
Elías trabaja en el centro, se levanta temprano y camina cinco cuadras hasta el subte. No viaja en horario pico, así puede sentarse y evitar las miradas de la gente, debido a que su cabeza casi toca el techo del tren.
Ya está acostumbrado a que la gente voltee para observarlo, pero costumbre no quiere decir que no le duela.
Para huir un poco, dedica cada minuto libre a la lectura. Novelas, ensayos, biografías, obras de teatro, los devora en pocas horas de distensión y tranquilidad, haciendo sagrado cada momento en que las páginas se abren, dando paso a un nuevo presente, a un nuevo sentir. Y recorre la pequeña vecindad de un pueblo de Italia del sur, persigue asesinos seriales en Nueva York, festeja carnavales en Río de Janeiro besando hermosas mujeres, silenciosamente vive la ribera del río de la plata con un mate en la mano y una terrible resaca en el corazón.
Cada día se despierta con el consuelo de la vida paralela, hacia la que nuevas páginas lo llevarán.
Solamente un lugar y un momento del día en su vida real lo abruma y hace latir su corazón. Un pequeño restaurante a la vuelta de la oficina, al que asiste cada día. Este pacífico oasis en pleno microcentro, de mesas espaciadas con blancos manteles, es en donde trabaja ella. Pequeñita, de tez blanca y ojos negros, le sonríe cada día cuando lo ve llegar, le cuenta los platos del día y no le pregunta la bebida porque sabe que siempre es agua sin gas. Y él abre su libro, aunque es el único momento en que le es imposible concentrarse. La mira ir y venir cargando platos, sirviendo agua, pan, la escucha comentar las opciones a los demás clientes, con infinita paciencia y sonrisa, una y otra vez. Y mientras el pecho se le llena de tristeza y melancolía, se contradice la dicha de verla, con el dolor que le provoca no poder tenerla. Recuerda como si fuera ayer el primer día que la vio en el restaurante, hace algo así como tres años, ella era casi una niña. Recuerda sus ojos oscuros abriéndose con sorpresa al verlo entrar y los mismos ojos aún más grandes al escuchar su voz grave de morsa pedir mesa para uno. Pero no había maldad en su mirada, ni impresión, o esa morbosidad sarnosa con la que cuchichean en la mesa de al lado mientras él con toda calma pincha un tomate cherry, ridículamente pequeño en una ensalada de hojas verdes y salmón, con la que es casi obvio que no podrá saciar su apetito. Ella lo observó con sana fascinación, y le preguntó qué leía al acercarse a la mesa. Descubrió sus retinas de gigante triste, pero no desvió sus ojos, lo observó, sumergiéndose en ellas, y el sintió algo brillante que lo atravesaba hasta el fondo de su ser, exponiendo sus dolores extra-large.
Y desde ese día no pudo dejar pensarla. De imaginarla en su cama cada noche, tan pequeña y tan frágil como un pichón de pájaro mojado. Luna blanca y luminosa de ojos negros, desnuda en su cama con su sonrisa transparente.
Y desde ese mismo día, siente infinito dolor después de cada almuerzo al pedir la cuenta y constatar, una vez más, que no tiene el valor suficiente para decirle a la niña piel de luna que la quiere. Que la necesita a su lado cada noche y cada mañana, que olvida su gran tamaño cuando la tiene cerca, y que todas las novelas y cuentos del mundo dejan de ser suficiente. Pero las palabras quedan atrapadas dentro de su enorme cabeza, hasta en los ojos de huevo y el tupido bigote dan vueltas las palabras que nunca se atreverá a pronunciar. Y la niña le sonríe una vez más al agradecerle, mientras le lleva su cambio, tan incrédula y dulce como él la cree.
2011
2011
Ay, me acuerdo de esta!
ResponderEliminarHermosa.
Hermoso.