jueves, 28 de abril de 2016

Una ciudad

Fría.
Gris.
Mía.
Grande y chica.

Colectivos, mates, kioskos, bufandas, paraguas y alfajores.
Cafés y celulares, de pronto algún libro.
Cada día más linda, esta ciudad mía.
Ajena a veces. Me llama pero no quiero, escucharla.
Así está bien, querida Buenos Aires, tres semanas de romance. Un poco más también.
Pero así queda.
Yo me vuelvo al mar.
Calor.
Él.
Ellos.
La bici.
Cantar.
Yo me vuelvo.

viernes, 22 de abril de 2016

En los cajones

Salgo en versiones que no quería recordar. No son fotos.
A veces me río, a veces todo tan mental que el alma no entiende y espera paciente, la calma.
Es una cómoda de madera con cajones tallados, antigua, bien cuidada, con manijas de cobre. Al abrir un cajón todo puede pasar.
Las hojas amarillas de los árboles las miro desde arriba, me saludan de mañana, tan otoñales, especialmente las que ya están revoloteando en la vereda. Desde la terraza observo las que barre el bigotudo de enfrente, está contento él y nunca se entera de que lo miro ni de la sonrisa que me robó. Sonrisa que, sobretodo, es de las hojas y del sol que se dignó a salir, hoy que es luna llena, y luna verde dicen, y que los planetas andan como locos y los humanos aquí todos apretados en esta gran ciudad los sentimos tan fuerte que prendemos la tele, la radio, y nos pegamos al celular y al facebook. Yo trato de escuchar a los planetas, que creo que lo saben porque me mandan un libro: Aprenda astrología. Y estudio con papel y lápiz.
Mientras tanto los cajones se siguen abriendo, y me revuelvo.
Sentada en el sillón de la dentista, así toda revuelta, y ella con la aguja en la mano lista para la anestesia, me pregunta si prefiero volver otro día. Y la verdad que sí. Dudo, pero estoy en días resolutivos. Venga la aguja, tripas corazón, limpiame la boca que por ahí suelto otras cosas.
El cajón debe ser del 1900. Lo iba a vender pero me dio pena. Los cajones están vacíos y hasta les paso por dentro la aspiradora. Vaya a saber uno todo lo que se guardó en ese cajón en donde ahora van mis cosas. ¡Y vaya que habrán pasado cosas en esta habitación!.
Lo más seguido que el ruido y el frío me dejan, abro las ventanas. Prendo copal y palo santo. Pongo mantras y hago afirmaciones de amor.
El cajón se sigue abriendo, no está listo, aún hay mucho que soltar. Espero, a veces no tan paciente, a que pase la tormenta del cajón.

jueves, 14 de abril de 2016

Elías


De tamaño avasallante camina las calles, bigote y nariz casi de dibujo animado, los mira desde arriba deseoso de ser un poco más como el resto. El resto, lo mira desde abajo y comenta su enormidad.
Elías trabaja en el centro, se levanta temprano y camina cinco cuadras hasta el subte. No viaja en horario pico, así puede sentarse y evitar las miradas de la gente, debido a que su cabeza casi toca el techo del tren.
Ya está acostumbrado a que la gente voltee para observarlo, pero costumbre no quiere decir que no le duela.
Para huir un poco, dedica cada minuto libre a la lectura. Novelas, ensayos, biografías, obras de teatro, los devora en pocas horas de distensión y tranquilidad, haciendo sagrado cada momento en que las páginas se abren, dando paso a un nuevo presente, a un nuevo sentir. Y recorre la pequeña vecindad de un pueblo de Italia del sur, persigue asesinos seriales en Nueva York,  festeja carnavales en Río de Janeiro besando hermosas mujeres, silenciosamente vive la ribera del río de la plata con un mate en la mano y una terrible resaca en el corazón.
Cada día se despierta con el consuelo de la vida paralela, hacia la que nuevas páginas lo llevarán.
Solamente un lugar y un momento del día en su vida real lo abruma y hace latir su corazón. Un pequeño restaurante a la vuelta de la oficina, al que asiste cada día. Este pacífico oasis en pleno microcentro, de mesas espaciadas con blancos manteles, es en donde trabaja ella. Pequeñita, de tez blanca y ojos negros, le sonríe cada día cuando lo ve llegar, le cuenta los platos del día y no le pregunta la bebida porque sabe que siempre es agua sin gas. Y él abre su libro, aunque es el único momento en que le es imposible concentrarse. La mira ir y venir cargando platos, sirviendo agua, pan, la escucha comentar las opciones a los demás clientes, con infinita paciencia y sonrisa, una y otra vez. Y mientras el pecho se le llena de tristeza y melancolía,  se contradice la dicha de verla, con el dolor que le provoca no poder tenerla. Recuerda como si fuera ayer el primer día que la vio en el restaurante, hace algo así como tres años, ella era casi una niña. Recuerda sus ojos oscuros abriéndose con sorpresa al verlo entrar y los mismos ojos aún más grandes al escuchar su voz grave de morsa pedir mesa para uno. Pero no había maldad en su mirada, ni impresión, o esa morbosidad sarnosa con la que cuchichean en la mesa de al lado mientras él con toda calma pincha un tomate cherry, ridículamente pequeño en una ensalada de hojas verdes y salmón, con la que es casi obvio que no podrá saciar su apetito. Ella lo observó con sana fascinación, y le preguntó qué leía al acercarse a la mesa. Descubrió sus retinas de gigante triste, pero no desvió sus ojos, lo observó, sumergiéndose en ellas, y el sintió algo brillante que lo atravesaba hasta el fondo de su ser, exponiendo sus dolores extra-large.
Y desde ese día no pudo dejar pensarla. De imaginarla en su cama cada noche, tan pequeña y tan frágil como un pichón de pájaro mojado. Luna blanca y luminosa de ojos negros, desnuda en su cama con su sonrisa transparente.
Y desde ese mismo día, siente infinito dolor después de cada almuerzo al pedir la cuenta y constatar, una vez más, que no tiene el valor suficiente para decirle a la niña piel de luna que la quiere. Que la necesita a su lado cada noche y cada mañana, que olvida su gran tamaño cuando la tiene cerca, y que todas las novelas y cuentos del mundo dejan de ser suficiente. Pero las palabras quedan atrapadas dentro de su enorme cabeza, hasta en los ojos de huevo y el tupido bigote dan vueltas las palabras que nunca se atreverá a pronunciar. Y la niña le sonríe una vez más al agradecerle, mientras le lleva su cambio, tan incrédula y dulce como él la cree.
2011

martes, 12 de abril de 2016

Así







Hipotecándonos

La ciudad ésta gris, tan pero tan gris.
Hasta el cielo (creo que solía ser azul).
La perspectiva está perdida como las cajas donde los seres humanos acumulamos cosas inservibles que, quizás, podamos usar algún día.
Así los muebles. Así guardamos nuestra vida. Y la miramos.
Ideas, planes y sueños.

En una caja encontré cientos de papeles. Entre ellos la carta, primer tesoro de una búsqueda.
Había en esas palabras, tristezas profundas de alguien que guardó su vida en cajas también, la vio pasar, la vivió a través de libros e historias ajenas. De alguien que vio el final mucho antes de que llegara, que renunció consciente, cuando ningún final estaba aún escrito.
También amor y gratitud había en esa carta. Por pequeños regalos que sus sobrinos le dieron, como sentir el calor de una mano pequeña sobre la suya. Mano de la tía que nunca será madre, pero perdurará en cartas tan tristes como bellas.

Quizás sería mejor abrir las cajas, guardar dos cartas y alguna foto, y soltar todo. Todo.
Después, vivir en una casa semivacía. Cada quien encontrará sus prioridades.
Te invito a la mía, hay una mesa y un banquito. Almohadones en el piso. Tazas, tengo dos. Café hay. Si preferís sentate en la silla, a mí el piso me gusta.


Insomnio

Como un libro abierto. En la misma página. Minutos, horas.
El silencio parlanchín de la noche.
¿Quién inventa la presión de dormir?
Sino hay sueño, no duermas. Eso dice Osho, Dalai Lama. Levántate y medita.

Vertical seguramente la mente se aquiete y el cuerpo se queje, nadie está conforme.
Minutos, horas, minutos, horas.

Hasta que el cielo clarea.
Buenos días, hay salida. Y es como si no hubiera no dormido.
La cama bien estirada para no tentarse. Tan linda ahora la hace unas horas enemiga.
Buenos días día. ¿Qué hacemos hoy?

sábado, 9 de abril de 2016

Cambio de estación

De ciudad
De mundo
Primavera se transforma en otoño lluvioso. Soy pasado.
Vuelvo a un lugar en donde me reencuentro con algo que ya no soy.
Adaptación.
Objetos, fotos, espejos.
Me transformo y sueño y pienso. Pero ahora respiro más.
.
Un avión viaja mucho más rápido que el alma. Ahora la espero con los días lluviosos y café con poca leche.

Llegó la valija.
El almita no debe tardar.

martes, 5 de abril de 2016

Destino


Soplaba el viento en nuestro malecón. Tú la chela, yo el helado. Tratábamos de no mirarnos a los ojos, para no decir lo que ambos sabíamos.
"Igual, tú andas viajando, no? En cualquier momento te vas de nuevo..."
"Yo no me quiero ir a ningún lugar en el que no estés vos. Te quiero cerca. Con tu sonrisa de lado y tus ojos negros" no respondí. No te miré.
Algo muy profundo se gestaba con dolor y con alegría.
Y con fe te conquisté. A los golpes aprendimos juntos, y seguimos aprendiendo.
Ahora estamos casados, y sos tan mío como no lo eras aquel día. Y te amo tanto con tu guitarra y tu libertad.
Te amo fervientemente cuando me enojo, cuando duermes, cuando eres.
Ahora trato de amarme, y te hecho la culpa cuando no puedo. Sólo consigo amarte más. y más. Somos nuestros caminos a la libertad. Quién sabe cuanto más caminaremos por aquí, disfrutemos el trayecto, miremos al cielo, tomémonos de la mano, un rato más.

domingo, 3 de abril de 2016

Uruguay


Tu olor a leña y eucalipto
mares bravíos
sonrisas de lado
el termo bajo el brazo
sé de tu aire fresco y limpio.

Hay algo simple
atardece en una costa
comienza a refrescar.

Uruguay tintinea la noche en la ciudad
tu corazón es puro
es especial.

Sal en el aire,
bizcochos y mate
llanuras o palmares.

Extraño esa tierra que me dio pasos de libertad
donde observé al mar, golpear esa roca
desde lo más profundo observé ese mar
estaba armando mi realidad.
En aquel pueblo adolescí,
sufri los amores y florecí
testigo de besos y de tristezas
me cobijabas con lunas y amaneceres.
Tierra querida sos parte mia
sos una paz que llevo escondida
y hoy que andaba buscándola
con tu recuerdo salió a volar.

Horizontal




A otra


Tenés a otra
Ahora es más fácil
Y más difícil

Te deseo que seas muy feliz
Espero que nunca  te cocine
Que no le guste hacer cucharita
Que tenga mal aliento a la mañana

Te deseo que seas muy feliz
Qué ridículo que es que no pueda darte un beso
Llamarte o abrazarte
Un desconocido, y con todo lo vivido

Que no la quieras
Que sea un consuelo
Que me busques en sus ojos
Que seas muy feliz mi amor, en serio

Cómo puede ser
Tenés a otra en tus brazos
Espero que no te haga reír
Que le caiga mal a tu mamá
Que le caiga mal a tu hermana

Es que ahora estoy muy débil
Y no me puedo refugiar en tus brazos
Es que todavía te amo
No sé bien cómo ni hasta cuando.

2011

Fue un sábado hermoso de azul, color sábado azul


Ganando pasos cantados al aire
Saliendo de los silencios internos
Comiendo sin servilletas
Con arterias y sin venas

Me acuerdo de tus historias y de cada cosa que me dijiste. Me acuerdo porque en el momento me importa tanto como lo que más me importe en el mundo. Lo que vos me cuentes, y si es gracioso reírme, y disimular la cara llena de amor.

2011

Uno de Alfonsina Storni



Frente al mar

Oh mar, enorme mar, corazón fiero
de ritmo desigual, corazón malo,
yo soy más blanda que ese pobre palo
que se pudre en tus ondas prisionero.

Oh mar, dame tu cólera tremenda,
yo me pasé la vida perdonando,
porque entendía, mar, yo me fui dando:
"Piedad, piedad para el que más ofenda".

Vulgaridad, vulgaridad me acosa.
Ah, me han comprado la ciudad y el hombre.
Hazme tener tu cólera sin nombre:
Ya me fatiga esta misión de rosa.

¿Ves al vulgar? Ese vulgar me apena,
me falta el aire y donde falta quedo,
quisiera no entender, pero no puedo:
es la vulgaridad que me envenena.

Me empobrecí porque entender abruma,
me empobrecí porque entender sofoca,
¡Bendecida la fuerza de la roca!
Yo tengo el corazón como la espuma.

Mar, yo soñaba ser como tú eres,
allá en las tardes que la vida mía
bajo las horas cálidas se abría...
Ah, yo soñaba ser como tú eres.

Mírame aquí, pequeña, miserable,
todo dolor me vence, todo sueño;
mar, dame, dame el inefable empeño
de tornarme soberbia, inalcanzable.

Dame tu sal, tu yodo, tu fiereza,
¡Aire de mar!... ¡Oh tempestad, oh enojo!
Desdichada de mí, soy un abrojo,
y muero, mar, sucumbo en mi pobreza.

Y el alma mía es como el mar, es eso,
Ah, la ciudad la pudre y equivoca
pequeña vida que dolor provoca,
¡Que pueda libertarme de su peso!

Vuele mi empeño, mi esperanza vuele...
La vida mía debió ser horrible,
debió ser una arteria incontenible
y apenas es cicatriz que siempre duele.