Salgo en versiones que no quería recordar. No son fotos.
A veces me río, a veces todo tan mental que el alma no entiende y espera paciente, la calma.
Es una cómoda de madera con cajones tallados, antigua, bien cuidada, con manijas de cobre. Al abrir un cajón todo puede pasar.
Las hojas amarillas de los árboles las miro desde arriba, me saludan de mañana, tan otoñales, especialmente las que ya están revoloteando en la vereda. Desde la terraza observo las que barre el bigotudo de enfrente, está contento él y nunca se entera de que lo miro ni de la sonrisa que me robó. Sonrisa que, sobretodo, es de las hojas y del sol que se dignó a salir, hoy que es luna llena, y luna verde dicen, y que los planetas andan como locos y los humanos aquí todos apretados en esta gran ciudad los sentimos tan fuerte que prendemos la tele, la radio, y nos pegamos al celular y al facebook. Yo trato de escuchar a los planetas, que creo que lo saben porque me mandan un libro: Aprenda astrología. Y estudio con papel y lápiz.
Mientras tanto los cajones se siguen abriendo, y me revuelvo.
Sentada en el sillón de la dentista, así toda revuelta, y ella con la aguja en la mano lista para la anestesia, me pregunta si prefiero volver otro día. Y la verdad que sí. Dudo, pero estoy en días resolutivos. Venga la aguja, tripas corazón, limpiame la boca que por ahí suelto otras cosas.
El cajón debe ser del 1900. Lo iba a vender pero me dio pena. Los cajones están vacíos y hasta les paso por dentro la aspiradora. Vaya a saber uno todo lo que se guardó en ese cajón en donde ahora van mis cosas. ¡Y vaya que habrán pasado cosas en esta habitación!.
Lo más seguido que el ruido y el frío me dejan, abro las ventanas. Prendo copal y palo santo. Pongo mantras y hago afirmaciones de amor.
El cajón se sigue abriendo, no está listo, aún hay mucho que soltar. Espero, a veces no tan paciente, a que pase la tormenta del cajón.
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